Arriba y abajo.

Esta es una de las muchas historias que no necesitan un final para ser perfectas, que empiezan en un día normal y acaban siendo fuente de inspiración para un escritor.

Como cada día bajaba las escaleras de mi edificio para ir a clase. Siempre con las mismas prisas, poniéndome la cazadora y haciendo malabarismos para que el bolso, el ordenador y las carpetas no se me cayeran al suelo.

Y así fue como entre escaleras, malabares y prisas me tropecé encontré con él.

Tan solo le pude decir un “buenos días” casi sin aliento y sonrojada por el espectáculo que acababa de presenciar. Al volver ese mismo día y emprender mi camino escaleras arriba, ¡allí estaba! En la misma planta donde le había atropellado unas horas antes.

Burlonamente (seguramente recordando nuestro encuentro de la mañana) me sonrió y me saludó, aunque esta vez me pude detener y echarle un ojo. Era un chico alto, moreno y con barbita, un poco mayor que yo pero dentro de mi límite de edad.

Seguí subiendo las escaleras (esta vez más calmada e intentando guardar la compostura) y al notar su mirada en mi, instintivamente me volví para encontrarme directamente con sus ojos y devolverle la sonrisa.

Pasaron los días y el ritual había cambiado. Ya no baja corriendo las escaleras con mil cosas en las manos sino que intentaba aparentar serenidad aunque luego tuviera que correr para no llegar tarde como siempre.

Nuestros saludos eran cada vez más amigables y las miradas más intensas… Hasta que llegó el día.

Miradas de reojo

Esa tarde llegaba a casa tras un día especialmente largo y subía por las escaleras cuando le sorprendí en el entresuelo con el pelo revuelto descargando grandes bloques de papel. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que era el transportista que habían contratado las oficinas y que nuestros días de escaleras llegaban a su fin.

Entristecida por la idea entré en casa y me dejé abrazar por el sofá y alguna serie sin importancia. No obstante, al poco de darle a play a una nueva historia, sonó el teléfono.

Era mi querido amigo que casualmente necesitaba mi ayuda, concretamente, mis llaves de acceso al trastero ya que, también casualmente, él se las había dejado dentro.

Sin reparar en mi aspecto de estar por casa (véase un moño, una camiseta blanca y un pantalón corto de chandal), cogí las llaves y al abrir la puerta de mi casa allí estaba él esperándome con una amplia sonrisa.

El viaje en ascensor no duraría más de 10 segundos, pero para mi esos 10 segundos fueron eternos. Cada uno guardamos las distancias y nos colocamos en una esquina del ascensor en silencio. Él con su sonrisa burlona y su mirada atenta y yo con las mejillas sonrojadas muerta de vergüenza por que me viera con esas pintas.

El trayecto llegó a su fin, salimos del ascensor y le abrí la puerta.

Este podría ser el final inacabado de esta historia, sin saber que ocurrió detrás de esa puerta. También podría haberme retenido antes de subir las escaleras cogiéndome de la mano para acercarme a él y haberme besado como solo crees que pasa en las películas hasta que te pasa. O tal vez, tan solo fue una de las muchas historias que se quedan con una pregunta en el aire ¿Y si…?

-Ara.

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Un comentario en “Arriba y abajo.

  1. Pingback: Querido Junio. | La Chica de Octubre.

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