Café en una carta.

Esta carta debía haber sido entregada hace mucho tiempo, concretamente un 23 de agosto. Como el buen café que se prepara para el momento preciso, esta carta le acompaña. El traicionero tiempo hizo que los días pasara y se convirtieran en semanas hasta casi llegar al mes, pero misteriosamente, el café seguía en su punto justo sin enfriarse.

La magia no tiene nada que ver en este extraño fenómeno… ¿o si? Me temo que eso nunca lo sabremos, aunque prefiero dejar algún misterio por resolver para endulzar, como el azúcar al café, la vida.

Este café y esta taza esperaban a su dueño, por eso la carta todas las noches desprendía calor de su interior para preservarlo.

Como ya he dicho antes, más que magia, es el poder de la amistad, que espera y mantiene caliente el vínculo entre dos amigos distanciados por horas y kilómetros.

Ahora que ha llegado el momento del reencuentro tienes que liberar la carta, querido lector, y dejar que siga calentando los cafés futuros y las nuevas amistades y preservando los presentes.

“En casa uno fácilmente puede sentirse encerrado, agobiado por la falta de horizonte, por la excesiva familiaridad de las cosas. En el café se es a la vez sedentario y transeúnte, y si uno tiene la suerte de ocupar una mesa junto al ventanal, la situación es admirable, perfecta: uno es la estampa involuntaria del desconocido que mira la calle tras los cristales del café, y esa figura, ese anonimato, le concede una visión alejada y un poco novelesca de sí mismo”. Texto de Antonio Muñoz Molina.

-Ara.

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