Amapolas.

De pequeña, cuando me preguntaban cual era mi flor favorita yo siempre decía que las rosas. Supongo que era lo fácil porque tampoco conocía el nombre de muchas otras flores, además ¿a quién no le gustan las rosas? Tan elegantes y esbeltas, tan perfectas y majestuosas, con esos colores tan intensos ya sean rojos o blancos, y esos precios casi prohibitivos… no había flor que se le igualara.

Hasta que llegaron ellas.

Hasta que me di cuenta de lo poco personales que eran las rosas (o al menos para mi) porque necesitaba una flor que me llamara la atención no por lo perfecta que pudiera parecer, ni por su belleza inalcanzable, sino una flor que conectara conmigo.

Es curioso como nuestro entorno juega un papel silencioso pero relevante en nuestras decisiones y en nuestros gustos. Recuerdo todas las excursiones de los fines de semana, la ilusión con la que me calzaba mis primeras botas de montaña y coronaba la cima del monte con las huellas de una niña de apenas 4 años. La cima de un “monte” que no mediría más de metro y medio y que hace años desapareció a golpe de pala.

Pero gracias a esas excursiones, gracias al contacto con la naturaleza, y gracias al contacto con la realidad, conocí a las amapolas.

Aunque al principio formaban parte del fondo de mis fotos como puntos rojos que destacaban entre el azul del cielo y el verde del camino; me fui fijando más en ellas hasta que un día decidí egoístamente llevármelas a casa junto con las margaritas, el tomillo y las varas de San José para confeccionar un ramo espectacular.

Como he dicho antes, es curioso como nuestro entorno nos define, pero también nuestras manías. Mi manía era y es el perfeccionismo, por lo que ninguna flor era escogida al azar para lograr la perfecta composición del ramo, la misma razón por la que ninguna palabra de lo que escribo es fruto de la casualidad.

Pero volviendo a las amapolas, menudo disgustó me llevé cuando al llegar a casa esa amapola se había marchitado, ya no era perfecta, y fue en ese mismo momento cuando supe que sería mi flor favorita.

Comprendí que se trataba de una flor salvaje que no me pertenecía, que no le pertenecía a nadie sino a si misma. Que al igual que la rosa tenía su lado delicado, su color intenso escarlata te cautiva, y su olor adictivo te enamora, pero sus pétalos contienen una pequeña dosis de veneno para los animales con efectos sedantes.

De primeras piensas que es una flor inofensiva y vulnerable pero cuando la conoces te das cuenta de lo fuerte y resistente que es. Sabe sobrevivir en la naturaleza y hacer frente a las amenazas que la rodean, creciendo y aprendido de ellas, pero que se marchita en cuanto no la saben amar.

No sé por qué me gusta tanto, o por qué me tiene tan fascinada, si es porque de algún modo me siento identificada, representada en ella o si es porque es el reflejo de la persona que me inspira y en la que me quiero convertir, pero sin duda es una flor única y especial; tan única y especial como somos cada uno de nosotros.

-Ara.

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Un comentario en “Amapolas.

  1. Pingback: Querido Marzo. | La Chica de Octubre.

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