La biblioteca.

Me perdí en la biblioteca de los recuerdos.

Pasillos llenos de cintas en blanco, volúmenes escritos y discos rallados que parecían no tener fin. Cuanto más me adentraba menos perdida me sentía; al fin y al cabo, pensé, llevo viniendo a esta biblioteca desde que tenía uso de razón. Sabía que en la planta calle estaba la biblioteca para adultos con su punto de información desde el que se puede observar la biblioteca infantil de la planta de abajo y que conecta con el depósito del piso inferior. La primera planta era la zona reservada para el estudio y la hemeroteca; la segunda era el reino de la música y de la informática; y en la última se ubicaba el Registro de Propiedad Intelectual y la Dirección de la biblioteca.

Desde la entrada todo parecía estar en su sitio a pesar de que mis instintos gritaran lo contrario.

Me aproximé a la barandilla del punto de información para asomarme a la planta de los niños. Siempre que voy me gusta echar un vistazo de sus sillas coloridas y  pequeñas mesas mientras ellos se divierten descubriendo una nueva historia que leer o un folio en el que pintar.

Pero esta vez todo era distinto. La sala estaba vacía, incluso parecía que había perdido parte de su color habitual. Extrañada volví la vista a la biblioteca a la que pertenecía desde los 16 años: la llamada “de los adultos”. Es curioso cómo desde fuera se nos han ido marcando las etapas de la vida. Para la biblioteca desde los 16 ya tenía el suficiente conocimiento para que me empezaran a tratar como a los adultos, en cambio la sociedad lo hacía a los 18 y yo a mis veintitantos aún me veía descubriendo mundos en la planta de abajo.

Pero no nos desviemos, volviendo a la sala, me di cuenta que estaba completamente vacía. Podría ser el sueño o la pesadilla de todo niño (en mi caso sueño) y envalentonada por la idea de tener ese mundo a mi plena disposición, fui a por todos esos libros y películas que te dicen que tienen pero que casualmente nunca están disponibles, o los que yo llamo libros fantasma que sabes que están pero nadie ve.

Para mi no tan sorpresa no encontré ninguno.

Me reí para mis adentros pensando que el universo volvía a hacer de las suyas y miré hacia arriba justo a tiempo para ver como uno de los libros caía directo a mis manos.

Más que un libro parecía una especie de diario. Sin título en su portada y sin dedicatoria inicial pasé sus hojas hasta que descubrí la primera página escrita. ¡Era mi letra! Pero yo no recordaba haber escrito nada y menos aún tener el honor de que uno de mis textos estuvieran en una biblioteca.

La fecha en el margen superior izquierdo, la forma de expresarme, la curvatura de las eles, los recuerdos que nunca habían salido a la luz… era imposible que se tratara de una imitación.

Fui a la última página: 8 de agosto de 2017.

La página permanecía en blanco y eso sólo podía significar una cosa, que estaba lista para ser escrita.

“Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él”. – La sombra del viento, Carlos Ruiz Zafón.

-Ara.

 

 

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