Espejo.

Corría con desesperación por las estrechas calles de la ciudad. El frío y la cerrada noche no auguraban nada bueno pues el tiempo se le acababa, pero también eran su mejor aliado para pasar desapercibida.

Frenó de su alocada carrera en el portal más oscuro que encontró. No sabía cuanto tiempo llevaba corriendo pero no podía permitir que sus piernas flaquearan ahora; necesitaba todas sus fuerzas para continuar. Menos mal que hacía dos meses que había decidido ponerse en forma, bueno ella no lo había decidido, a decir verdad, odiaba el gimnasio, pero ahora podría ser su salvación.

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Sogno.

No recordaba cómo había llegado hasta allí. Ni tan siquiera reconocía el lugar donde se encontraba: al pie de una gran escalera, digna de un palacio veneciano, que daba acceso a través de su cristalina puerta a una sala de baile.

De repente, la escalera y la sala se fueron desvaneciendo para crear un nuevo escenario en el que ella se convirtió en protagonista y espectadora al mismo tiempo. Podía ver como sonreía y escuchar como su risa estaba acompañada por la de alguien más, por la de él mientras le susurraba un cómplice “a las ocho”.

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