Dualidad.

En mitad de la partida echó una moneda al aire.

Cara vida, cruz muerte.

La moneda giró y cayó de lado.

Abandonaron la jugada comprendiendo que la vida necesita muerte y la muerte vida para existir.

-Ara.

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Tú a Boston y yo…

Maldita distancia.

Maldita distancia que nos impide empezar a ser nosotros mismos. Un nosotros en plural, un nosotros de volver a conocernos, de segundas oportunidades que te concede la vida o el destino, llámalo como quieras.

Nos conocimos en un tramo del camino breve pero compartido. Tú tomaste el lado izquierdo y yo el derecho y nos despedimos con un “hasta pronto” que se nos resistió durante dos años de tomar decisiones opuestas pero que hoy nos han traído de nuevo aquí, a volver a compartir por unos meses la misma ciudad.

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Cumpleaños.

Octubre es sinónimo de cumpleaños, de cumpleaños en plural.

Ese día, o en mi caso esos días, que marcas en dorado en el calendario porque son especiales, tienen ese je ne se quois que tanto te encantan, porque tienen a esa persona como protagonista. Llevas esperándolos o evitándolos durante todo un año pero como digo siempre “todo llega y todo pasa”, y en apenas 24 horas todo vuelve a la normalidad.

Recuerdo que en el cole cuando éramos pequeños nos nombraban el “protagonista de la semana” y durante esos 5 días tus compañeros te regalaban sus dibujos, coronas y te escribían dedicatorias que te llevabas en un improvisado libro al final de la semana. Eran 5 días normales que se convertían en la excepción a la regla.

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Las noches y sus días.

Hay días en los que no te levantarías de la cama; en los que, como dice un amigo mío, te despiertas pensando en la siesta de después de comer. No tienen por qué ser días de un color determinado, aunque seguramente Holly Golightly los describiría como azules, entre los negros y los rojos.

“Se tiene un día negro porque una se engorda o porque ha llovido demasiado, estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe porqué”.

-Desayuno con diamantes.

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La carta.

El otro día me pidieron que te escribiera una carta. ¿Una carta? -pensé yo. Hace años que ya no se envían ni mucho menos se reciben; entonces ¿por qué una carta? y ¿por qué a ti?, ¿por qué yo?

Además hacía tiempo que habíamos dejado de hablar, bueno que tú dejaste de hablar, y ahora nuestro desconocimiento era total. Sé que te hablaban de mi porque a mi me hablaban de ti, pero siempre en boca de terceros y tirando de un puñado de recuerdos que se iban desvaneciendo y transformándose con el paso del tiempo.

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Teorizando.

Siempre me han atrapado las historias de amores imposibles al más puro estilo shakesperiano y cuando leí el texto de “Dos grandes amores” de Paulo Coelho me inspiró para elaborar mi propia teoría sobre los primeros y segundos amores.

Paulo Coelho habla “que a lo largo de nuestra vida tenemos dos grandes amores. Uno con el que te casas o vives para siempre, incluso puede que el padre o la madre de tus hijos. Y un segundo gran amor que será una persona que perderás siempre”.

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