Historias para pensar


Si todos los caminos llevan a Roma, ¿cómo se sale de Roma?

Anónimo.


“Si todos los caminos llevan a Roma, ¿cómo se sale de Roma? A veces pensamos demasiado y sentimos muy poco. Si alguien quiere seriamente formar parte de tu vida, hará lo imposible por estar en ella. Aunque, en cierto modo, perdamos entre pantallas el valor de las miradas, olvidando que cuando alguien nos dedica su tiempo nos está regalando lo único que no recuperará jamás.

Y es que la vida es un momento ¿sabes? Yo ahora estoy aquí y mañana no lo sé… Así que quería decirte que si alguna vez quieres algo, si quieres algo de verdad, ve por ello sin mirar atrás. Mirando al miedo de frente y a los ojos, entregando todo y dando el alma, sacando al niño que llevas dentro, ese que cree en los imposibles y que daría la luna por tocar una estrella… Así que no sé que será de mi mañana pero este sol siempre va a ser el mismo que el tuyo.

Los amigos son la familia que elegimos y yo te elijo a ti. Te elijo a ti por ser el dueño de las arrugas que tendré en los labios de vieja, y apuesto fuerte por todos estos años a tu lado, por las noches en vela, las fiestas, las risas, los secretos y los amores del pasado, tus abrazos así porque sí, sin venir a cuento, ni tener por qué celebrar algo.

Y es que en este tiempo me he dado cuenta de que los pequeños detalles son los que hacen las grandes cosas, que tú has hecho infinito mi límite, así que te doy las gracias por ser la única persona capaz de hacerme llorar riendo, por aparecer en mi vida con esa sonrisa loca, por ese brillo en los ojos capaz de pelear contra un millón de tsunamis…

Así que no, no sé dónde estaremos dentro de diez años, ni sé cómo se sale de Roma, no te puedo asegurar nada, pero te prometo que pase lo que pase, estés donde estés voy a acordarme de ti toda la vida y por eso mi luna va a estar siempre contigo, porque tú me enseñaste a vivir cada día cómo el primer día del resto de mi vida y eso… Eso no lo voy a olvidar a nunca.”

 


Dos grandes amores.

Extracto del libro “El Zahir” de Paulo Coelho.


 

“Dicen que a lo largo de nuestra vida tenemos dos grandes amores. Uno con el que te casas o vives para siempre, puede que el padre o la madre de tus hijos… Esa persona con la que consigues la compenetración máxima para estar el resto de tu vida junto a ella…

Y dicen que hay un segundo gran amor, una persona que perderás siempre. Alguien con quien naciste conectado. Tan conectado que las fuerzas de la química escapan a la razón y os impedirán, siempre, alcanzar un final feliz. Hasta que cierto día dejaréis de intentarlo… Os rendiréis y buscaréis a esa otra persona que acabaréis encontrando.

Pero os aseguro que no pasaréis una sola noche, sin necesitar otro beso suyo, o tan siquiera discutir una vez más… Todos sabéis de qué estoy hablando, porque mientras estabais leyendo esto, os ha venido su nombre a la cabeza.

Os libraréis de él o de ella, dejaréis de sufrir, conseguiréis encontrar la paz (le sustituiréis por la calma), pero os aseguro que no pasará un día en que deseéis que estuviera aquí para perturbaros. Porque, a veces, se desprende más energía discutiendo con alguien a quien amas, que haciendo el amor con alguien a quien aprecias”.

 


Ante la ley.

Por Franz Kafka.


 

Ante la Ley hay un guardián. Hasta ese guardián llega un campesino y le ruega que le permita entrar a la Ley. Pero el guardián responde que en ese momento no le puede franquear el acceso. El hombre reflexiona y luego pregunta si es que podrá entrar más tarde.

—Es posible —dice el guardián—, pero ahora, no.

Las puertas de la Ley están abiertas, como siempre, y el guardián se ha hecho a un lado, de modo que el hombre se inclina para atisbar el interior. Cuando el guardián lo advierte, ríe y dice:

—Si tanto te atrae, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda esto: yo soy poderoso. Y yo soy sólo el último de los guardianes. De sala en sala irás encontrando guardianes cada vez más poderosos. Ni siquiera yo puedo soportar la sola vista del tercero.

El campesino no había previsto semejantes dificultades. Después de todo, la Ley debería ser accesible a todos y en todo momento, piensa. Pero cuando mira con más detenimiento al guardián, con su largo abrigo de pieles, su gran nariz puntiaguda, la larga y negra barba de tártaro, se decide a esperar hasta que él le conceda el permiso para entrar. El guardián le da un banquillo y le permite sentarse al lado de la puerta. Allí permanece el hombre días y años. Muchas veces intenta entrar e importuna al guardián con sus ruegos. El guardián le formula, con frecuencia, pequeños interrogatorios. Le pregunta acerca de su terruño y de muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y al final le repite siempre que aún no lo puede dejar entrar. El hombre, que estaba bien provisto para el viaje, invierte todo —hasta lo más valioso— en sobornar al guardián. Este acepta todo, pero siempre repite lo mismo:

—Lo acepto para que no creas que has omitido algún esfuerzo.

Durante todos esos años, el hombre observa ininterrumpidamente al guardián. Olvida a todos los demás guardianes y aquél le parece ser el único obstáculo que se opone a su acceso a la Ley. Durante los primeros años maldice su suerte en voz alta, sin reparar en nada; cuando envejece, ya sólo murmura como para sí. Se vuelve pueril, y como en esos años que ha consagrado al estudio del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de pieles, también suplica a las pulgas que lo ayuden a persuadir al guardián. Finalmente su vista se debilita y ya no sabe si en la realidad está oscureciendo a su alrededor o si lo engañan los ojos. Pero en aquellas penumbras descubre un resplandor inextinguible que emerge de las puertas de la Ley. Ya no le resta mucha vida. Antes de morir resume todas las experiencias de aquellos años en una pregunta, que nunca había formulado al guardián. Le hace una seña para que se aproxime, pues su cuerpo rígido ya no le permite incorporarse.

El guardián se ve obligado a inclinarse mucho, porque las diferencias de estatura se han acentuado señaladamente con el tiempo, en desmedro del campesino.

—¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el guardián—. Eres insaciable.

—Todos buscan la Ley –dice el hombre—. ¿Y cómo es que en todos los años que llevo aquí, nadie más que yo ha solicitado permiso para llegar a ella?

El guardián comprende que el hombre está a punto de expirar y le grita, para que sus oídos debilitados perciban las palabras.

—Nadie más podía entrar por aquí, porque esta entrada estaba destinada a ti solamente. Ahora cerraré.

 


La otra mitad del mundo.

Relato perteneciente al libro Corazón de Roble de Emili Teixidor.


Había una vez una chica, Ana, que vivía con sus padres en una casa del bosque. Los padres tuvieron que ausentarse una temporada y se vieron obligados a dejarla sola.
Antes de marcharse, le hicieron toda clase de recomendaciones, sobre todo una: que no atravesara el seto que marcaba el final del jardín y que lo separaba de un bosque muy espeso y misterioso. «Al otro lado del seto», le dijeron, «empieza la otra mitad del mundo. No te acerques allí, porque la mitad que conoces, del seto para acá, te basta para ser feliz». Para acompañarla durante la ausencia de los padres se instaló en la casa Andrés, que era amigo y vecino de Ana y tenía su misma edad. La chica no le contó la prohibición de atravesar el seto, y un día que el chico no la veía, no pudo aguantar más la curiosidad y se acercó al final del jardín. A medida que se acercaba, el aroma del bosque se hacía más intenso, los colores de los árboles y de la hierba eran más brillantes y de las ramas salían gorjeos y cantos de pájaros que nunca había oído. Ana no pudo resistir aquella atracción: saltó el seto y desapareció en el bosque misterioso.Al cabo de un rato, el chico notó su ausencia y empezó a buscarla por toda la casa y por los prados y jardines que la rodeaban. Detrás de la puerta principal, halló un manojo de llaves y lo cogió pensando que la chica podía haberse escondido en alguna de las muchas habitaciones cerradas de la casa.
Abrió puertas y más puertas, y en ningún lugar encontró a la muchacha desaparecida. Al final, cuando ya no le quedaban más puertas que abrir, se dio cuenta de que no había probado una llave porque estaba rota. Una llave rota no puede abrir ninguna puerta.Y el chico empezó a obsesionarse con aquella llave incompleta, como si de la llave entera dependiera el reencuentro de la amiga desaparecida. Hurgó en todos los rincones y muebles en busca de la mitad perdida de la llave, y no halló nada. Se obsesionó tanto con la idea de completar la llave, que empezó a olvidarse de su amiga. Pasaron días y meses y años, y al cabo de mucho tiempo, cuando el chico era ya un joven apuesto, Ana regresó a casa. Habían transcurrido siete años y a ella le parecía que sólo habían pasado unos pocos minutos. «Me he acercado al seto que nos separa del bosque y me he perdido», se excusó.

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Al cambiarse de ropa, encontraron en el bolsillo del delantal la mitad de una llave que la chica no sabía que llevaba no cómo había llegado allí. Andrés probó si era la que había estado buscando, y las dos mitades encajaban perfectamente. Ya sólo quedaba averiguar a qué puerta correspondía.

Andrés y Ana se casaron, y eran muy felices, aunque el joven estaba preocupado por hallar la puerta correspondiente a la llave, y la recién casada cerraba de cuando en cuando los ojos y sonreía como si contemplara cosas muy hermosas.

Por fin, un día, cuando Andrés paseaba por un corredor de la casa con la llave en la mano para probarla una vez más en las puertas conocidas, tropezó con un objeto y, para no caerse, trató de apoyarse en la pared y la golpeó con la llave.
Inmediatamente apareció en la pared una puerta de color verde manzana. El joven metió la llave en la cerradura y abrió la puerta sin dificultad. Al otro lado había un bosque maravilloso, con árboles extraordinarios y flores bellísimas; los animales más diversos corrían por la hierba, y los pájaros más hermosos cantaban en las ramas. El joven adelantó un pie, temeroso. Vio el bosque inmenso y a un grupo de hombrecitos risueños y mujeres de resplandeciente blancura que jugaban ocultándose entre las plantas.
Andrés se sintió atraído por aquel bosque maravilloso, como si la música que se oía y el aire fresco y perfumado que se respiraba lo arrastraran hacia dentro. Vio que entre los duendes y las hadas también corría una niña igual, igual, que Ana cuando era pequeña, cuando desapareció, años atrás. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no dejarse arrastrar. Cuando cerró la puerta, los animales y los pájaros y los hombrecillos y las hadas y la pequeña Ana lo miraban risueños y alargaban las manos invitándole a quedarse.

Aquella noche, Andrés preguntó a Ana qué había visto al otro lado del seto, qué había encontrado en el bosque prohibido, qué veía cuando cerraba los ojos y sonreía como si soñara. Ana no quería decirlo. Pero Andrés insistió y le dijo que había descubierto cómo servirse de la llave golpeando con ella la pared, al final le contó qué había visto al otro lado del mundo.

-Unos dicen que Ana y Andrés rompieron de nuevo la llave y guardaron una mitad cada uno, para estar seguros de que no cruzarían la puerta misteriosa sino era juntos.

-Otros dicen que Ana le hizo prometer a Andrés que nunca utilizaría la llave porque hacerlo sería como robarle todos los recuerdos. Andrés no cumplió la promesa y, cuando golpeó otra vez la pared, la llave se rompió, y una parte desapareció para siempre. Ana envejeció rápidamente, perdió la memoria y cambió de carácter, y murió muy pronto.

-Una tercera versión dice que el joven volvió a usar la llave y está vez entró en el bosque maravilloso y permaneció en el durante muchos años, que a él le parecieron un instante, y cuando volvió a casa, Ana ya no estaba, los hijos se había hecho mayores, y él terminó su vida sentado en una silla recordando.

¿Cuál es la tuya?