Vie(r)nes XXXIV.

Nunca me tuve que preocupar de los vie(r)nes hasta que te conocí.

-Ara.

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Querido Septiembre.

Querido Septiembre:

Has sido el mes más difícil al que (d)escribir. No sabía por donde empezar ni por donde acabar. Sin ninguna idea clara estaba perdida en un septiembre al que robaba días que convertía en 35 de agosto.

¿Qué podía contar de ti? ¿Qué te podía contar de mi? El simple hecho de pensarlo me producía dolor de cabeza y pereza; mucha pereza de aceptar la vuelta a la rutina y dejar de contar los días de sol y playa para empezar un mes que para muchos tiene 30 lunes; y que a pesar de que también has tenido tus cosas buenas, el recuerdo del verano sobre mi piel te estaba relegando a un segundo plano.

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Un beso para Octubre.

Contar historias alrededor del fuego, sacar las primeras cazadoras y botas del armario, saltar sobre las hojas secas, saborear una rica taza de chocolate caliente, comer manzanas de caramelo, sentir las brisas otoñales, decorar una calabaza, llevar bufandas y gabardinas, cocinar galletas y bizcochos, cogerse de las manos y sentirlas frías.

Esto es Octubre, porque Octubre es un mes que viene para sorprendernos.

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Las noches y sus días.

Hay días en los que no te levantarías de la cama; en los que, como dice un amigo mío, te despiertas pensando en la siesta de después de comer. No tienen por qué ser días de un color determinado, aunque seguramente Holly Golightly los describiría como azules, entre los negros y los rojos.

“Se tiene un día negro porque una se engorda o porque ha llovido demasiado, estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe porqué”.

-Desayuno con diamantes.

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