La respuesta no es la huida.

No sabía cuanto tiempo llevaba en esa situación, huyendo de algo, o de alguien… A estas alturas ya no lo recordaba.

Todo empezó en esa casa de la playa a la que decidimos ir cinco días antes para desconectar y tener tiempo para nosotros. Éramos una pareja normal, o somos porque… ¿Lo seguimos siendo no?– suspiro– La verdad es que no lo sé.

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Echar de menos.

Echo de menos despertarme entre tus sábanas,

Echo de menos mirarme en el espejo y verte detrás,

Echo de menos tu sonrisa,

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Barcelona.

Los veranos en Barcelona siempre eran especiales. Cada año descubría una Barcelona distinta y una nueva sonrisa con la que pasear.

El primer verano se perdió de la mano de Carles por el Parque Güell, conoció la noche de la sala Razzmatazz con Pau y contempló la ciudad desde la altura del Tibidabo con Albert. El segundo amaneció en la Barceloneta con Guillem, paseó por el Barri Gòtic con Roger y buscó con Joan el silencio de Santa María del Mar. Al verano siguiente conquistó Montjuic con Manel, fotografió el Arc de Triomf con Lluís y buceó entre las salas del Aquarium con Xavi. El último verano se enamoró de Sergi en la estrecha calle dels Petons. Y este año se (re)encontró con Albert y su mirada en la Noche de San Juan.

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Besos

Nuestra vida se podría resumir en besos.

Nada más nacer y durante nuestros primeros meses de vida, nos convertimos en “recibidores” de besos de abuelos, padres, hermanos, tíos y primos; y empezamos a conocer toda clase de besos. Besos chillones, de pedorreta, en la mejilla o en el culete. Besos con poderes mágicos para curar todos los chichones y rasguños que nos hacemos. Besos de bienvenida. Besos con sabor a casa. Besos, besos y más besos.

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