Lluvia.

Me gusta el olor a lluvia porque no me recuerda a ti sino a mi. A esa niña de 5 años que paseaba por las húmedas calles de su pueblo hasta llegar al parque y que se paraba en la casa de antes para saludar a su amigo Cuqui, un perro salchicha de color pardo, que adoraba las galletas chiquilin.

Curiosamente nunca he asociado la lluvia al mal tiempo, sino como comienzo de algo nuevo, de una nueva estación, en particular el otoño (ya sabéis que soy una romántica del mes de Octubre), o de una nueva tradición.

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El mecánico del corazón.

Hace mucho tiempo que el verano no llega a Ciudad Corazón. Están sumidos en el invierno más frío y persistente que jamás habían conocido: el del corazón.

Muchos de sus habitantes ya nacieron con el corazón congelado, pero en cambio, a otros se les fue helando poco a poco. Fue un proceso lento y suave como el viento cálido y luminosos que una mañana se va templando hasta convertirse en niebla y oscuridad. Los habitantes de Ciudad Corazón no se dieron cuenta hasta que sus ríos se convirtieron en hielo, las casas se cerraron y las calles quedaron desiertas.

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Dualidad.

En mitad de la partida echó una moneda al aire.

Cara vida, cruz muerte.

La moneda giró y cayó de lado.

Abandonaron la jugada comprendiendo que la vida necesita muerte y la muerte vida para existir.

-Ara.

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Espejo.

Corría con desesperación por las estrechas calles de la ciudad. El frío y la cerrada noche no auguraban nada bueno pues el tiempo se le acababa, pero también eran su mejor aliado para pasar desapercibida.

Frenó de su alocada carrera en el portal más oscuro que encontró. No sabía cuanto tiempo llevaba corriendo pero no podía permitir que sus piernas flaquearan ahora; necesitaba todas sus fuerzas para continuar. Menos mal que hacía dos meses que había decidido ponerse en forma, bueno ella no lo había decidido, a decir verdad, odiaba el gimnasio, pero ahora podría ser su salvación.

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