Barcelona.

Los veranos en Barcelona siempre eran especiales. Cada año descubría una Barcelona distinta y una nueva sonrisa con la que pasear.

El primer verano se perdió de la mano de Carles por el Parque Güell, conoció la noche de la sala Razzmatazz con Pau y contempló la ciudad desde la altura del Tibidabo con Albert. El segundo amaneció en la Barceloneta con Guillem, paseó por el Barri Gòtic con Roger y buscó con Joan el silencio de Santa María del Mar. Al verano siguiente conquistó Montjuic con Manel, fotografió el Arc de Triomf con Lluís y buceó entre las salas del Aquarium con Xavi. El último verano se enamoró de Sergi en la estrecha calle dels Petons. Y este año se (re)encontró con Albert y su mirada en la Noche de San Juan.

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Querido Marzo.

Querido Marzo:

Este año te has propuesto no pasar desapercibido y lo has conseguido. Me engañaste con la promesa de una primavera temprana que hizo que bajara junto con mis abrigos y botas de invierno, la guardia.

Mientras (te) escribo y rememoro todo lo que hemos vivido me doy cuenta que tus primero días fueron confusos, días de “cajón de sastre” que digo yo, donde se juntaron noches de chaqueta y amigos, de cenas informales en bares pequeños y de “romper las cadenas en dura lucha por libre ser“.

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Guantes negros.

Una mujer entra a su apartamento, es de noche. Lleva guantes negros.

Vacía su bolso encima del escritorio y caen dos monedas de diez centavos y una de cinco. Recoge las de diez y las coloca de vuelta en su monedero mientras pone la de cinco debajo de una botella de whisky.

Se dirige a la cocina donde hay una caja de cerillas con tan solo una adentro. Arroja los guantes a la chimenea y la enciende.

En ese preciso instante suena el teléfono. Contesta y dice: “Nunca en mi vida tuve un par de guantes negros”.

Y se marcha.

-Fragmento extraído de The Last Tycoon.

 

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Espejo.

Corría con desesperación por las estrechas calles de la ciudad. El frío y la cerrada noche no auguraban nada bueno pues el tiempo se le acababa, pero también eran su mejor aliado para pasar desapercibida.

Frenó de su alocada carrera en el portal más oscuro que encontró. No sabía cuanto tiempo llevaba corriendo pero no podía permitir que sus piernas flaquearan ahora; necesitaba todas sus fuerzas para continuar. Menos mal que hacía dos meses que había decidido ponerse en forma, bueno ella no lo había decidido, a decir verdad, odiaba el gimnasio, pero ahora podría ser su salvación.

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Sogno.

No recordaba cómo había llegado hasta allí. Ni tan siquiera reconocía el lugar donde se encontraba: al pie de una gran escalera, digna de un palacio veneciano, que daba acceso a través de su cristalina puerta a una sala de baile.

De repente, la escalera y la sala se fueron desvaneciendo para crear un nuevo escenario en el que ella se convirtió en protagonista y espectadora al mismo tiempo. Podía ver como sonreía y escuchar como su risa estaba acompañada por la de alguien más, por la de él mientras le susurraba un cómplice “a las ocho”.

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Querido Abril.

Querido Abril:

Desde que te conocí siempre te he perdido, nunca me has pertenecido, pero esta vez el tiempo y yo te hemos engañado.

Al principio, con la llegada de la Semana Santa, las “vacaciones” ( y si digo “vacaciones” entre comillas porque apenas he tenido un par de días), y el buen tiempo me volviste a ilusionar. Llamaste a mi ventana con luz, flores, y noches de copas hasta la madrugada. Como todos los años me empezabas a conquistar.

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