Querido Septiembre.

Querido Septiembre:

Has sido el mes más difícil al que (d)escribir. No sabía por donde empezar ni por donde acabar. Sin ninguna idea clara estaba perdida en un septiembre al que robaba días que convertía en 35 de agosto.

¿Qué podía contar de ti? ¿Qué te podía contar de mi? El simple hecho de pensarlo me producía dolor de cabeza y pereza; mucha pereza de aceptar la vuelta a la rutina y dejar de contar los días de sol y playa para empezar un mes que para muchos tiene 30 lunes; y que a pesar de que también has tenido tus cosas buenas, el recuerdo del verano sobre mi piel te estaba relegando a un segundo plano.

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Las noches y sus días.

Hay días en los que no te levantarías de la cama; en los que, como dice un amigo mío, te despiertas pensando en la siesta de después de comer. No tienen por qué ser días de un color determinado, aunque seguramente Holly Golightly los describiría como azules, entre los negros y los rojos.

“Se tiene un día negro porque una se engorda o porque ha llovido demasiado, estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe porqué”.

-Desayuno con diamantes.

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Querido Abril.

Querido Abril:

Desde que te conocí siempre te he perdido, nunca me has pertenecido, pero esta vez el tiempo y yo te hemos engañado.

Al principio, con la llegada de la Semana Santa, las “vacaciones” ( y si digo “vacaciones” entre comillas porque apenas he tenido un par de días), y el buen tiempo me volviste a ilusionar. Llamaste a mi ventana con luz, flores, y noches de copas hasta la madrugada. Como todos los años me empezabas a conquistar.

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