Vie(r)nes XXXIV.

Nunca me tuve que preocupar de los vie(r)nes hasta que te conocí.

-Ara.

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Un beso para Octubre.

Contar historias alrededor del fuego, sacar las primeras cazadoras y botas del armario, saltar sobre las hojas secas, saborear una rica taza de chocolate caliente, comer manzanas de caramelo, sentir las brisas otoñales, decorar una calabaza, llevar bufandas y gabardinas, cocinar galletas y bizcochos, cogerse de las manos y sentirlas frías.

Esto es Octubre, porque Octubre es un mes que viene para sorprendernos.

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Las noches y sus días.

Hay días en los que no te levantarías de la cama; en los que, como dice un amigo mío, te despiertas pensando en la siesta de después de comer. No tienen por qué ser días de un color determinado, aunque seguramente Holly Golightly los describiría como azules, entre los negros y los rojos.

“Se tiene un día negro porque una se engorda o porque ha llovido demasiado, estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe porqué”.

-Desayuno con diamantes.

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La carta.

El otro día me pidieron que te escribiera una carta. ¿Una carta? -pensé yo. Hace años que ya no se envían ni mucho menos se reciben; entonces ¿por qué una carta? y ¿por qué a ti?, ¿por qué yo?

Además hacía tiempo que habíamos dejado de hablar, bueno que tú dejaste de hablar, y ahora nuestro desconocimiento era total. Sé que te hablaban de mi porque a mi me hablaban de ti, pero siempre en boca de terceros y tirando de un puñado de recuerdos que se iban desvaneciendo y transformándose con el paso del tiempo.

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