El mundo volvió a girar de nuevo.

Aquél fue un verano fantástico y eso que los días pasaron tan deprisa que se quedó corto para tantos planes como tenía. Tenía planes… pero no te tenía a ti, aún no te había conocido. Pero surgió de pronto la oportunidad de conocernos, el encuentro en aquella fiesta junto a la playa a la luz de la luna. Después, la luz del sol nos descubrió que todo cuanto habíamos soñado la noche anterior era más hermoso aún, y tus ojos desprendían una luz que me dejaba pegado a ti como una polilla junto a un farol nocturno.

A medida que nos fuimos conociendo descubrimos que la atracción inicial que sentimos se hacía más fuerte cada día. Pero llegó el final y debimos separarnos. ¡Qué tristeza aquella tarde!… Te acompañé a la pequeña estación de ferrocarril del pueblo y miramos nuestros ojos en silencio. Tenías que subir al tren y tu mano soltó la mía. Las luces de la estación brillaban ahora más en tus ojos y te ofrecí mi pañuelo con la inicial de mi nombre trabada en azul en un extremo. Lo tomaste con cuidado y subiste con él al vagón, y ya dentro, desde la ventanilla, me diste el último adiós y me enviaste tu último beso.

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La carta.

El otro día me pidieron que te escribiera una carta. ¿Una carta? -pensé yo. Hace años que ya no se envían ni mucho menos se reciben; entonces ¿por qué una carta? y ¿por qué a ti?, ¿por qué yo?

Además hacía tiempo que habíamos dejado de hablar, bueno que tú dejaste de hablar, y ahora nuestro desconocimiento era total. Sé que te hablaban de mi porque a mi me hablaban de ti, pero siempre en boca de terceros y tirando de un puñado de recuerdos que se iban desvaneciendo y transformándose con el paso del tiempo.

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Teorizando.

Siempre me han atrapado las historias de amores imposibles al más puro estilo shakesperiano y cuando leí el texto de “Dos grandes amores” de Paulo Coelho me inspiró para elaborar mi propia teoría sobre los primeros y segundos amores.

Paulo Coelho habla “que a lo largo de nuestra vida tenemos dos grandes amores. Uno con el que te casas o vives para siempre, incluso puede que el padre o la madre de tus hijos. Y un segundo gran amor que será una persona que perderás siempre”.

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Sogno.

No recordaba cómo había llegado hasta allí. Ni tan siquiera reconocía el lugar donde se encontraba: al pie de una gran escalera, digna de un palacio veneciano, que daba acceso a través de su cristalina puerta a una sala de baile.

De repente, la escalera y la sala se fueron desvaneciendo para crear un nuevo escenario en el que ella se convirtió en protagonista y espectadora al mismo tiempo. Podía ver como sonreía y escuchar como su risa estaba acompañada por la de alguien más, por la de él mientras le susurraba un cómplice “a las ocho”.

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Microcarta II

A veces me pregunto lo que podríamos haber sido. Si lo nuestro tenía futuro y si aún seguiríamos juntos o si seríamos un fracaso más, pero al menos sabríamos que seríamos un fracaso vivido e intentado.

-Ara.

Cafetería II.

El Café Orleans era su sitio favorito. En él podía pedir su café bien cargado como acostumbraba y abandonarse a la lectura o a sus pensamientos. Todas las tardes como decía ella “se dejaba caer por ahí”. A pesar de su habitualidad nadie la conocía, ni tan siquiera su nombre por lo que la llamaban “la chica del café”.

Un buen día algo cambió en sus rutinarias visitas. No venía sola, sino que la acompañaba otra chica de su misma edad, debían muy buenas amigas para que “la chica del café” le enseñara su escondite secreto.

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