La respuesta no es la huida.

No sabía cuanto tiempo llevaba en esa situación, huyendo de algo, o de alguien… A estas alturas ya no lo recordaba.

Todo empezó en esa casa de la playa a la que decidimos ir cinco días antes para desconectar y tener tiempo para nosotros. Éramos una pareja normal, o somos porque… ¿Lo seguimos siendo no?– suspiro– La verdad es que no lo sé.

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Espejo.

Corría con desesperación por las estrechas calles de la ciudad. El frío y la cerrada noche no auguraban nada bueno pues el tiempo se le acababa, pero también eran su mejor aliado para pasar desapercibida.

Frenó de su alocada carrera en el portal más oscuro que encontró. No sabía cuanto tiempo llevaba corriendo pero no podía permitir que sus piernas flaquearan ahora; necesitaba todas sus fuerzas para continuar. Menos mal que hacía dos meses que había decidido ponerse en forma, bueno ella no lo había decidido, a decir verdad, odiaba el gimnasio, pero ahora podría ser su salvación.

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Puntos de vista.

Una de las cosas que más me maravillan de la fotografía son los múltiples puntos de vista desde los que se puede interpretar una escena. El autor selecciona tan solo uno de ellos y nos lo muestra para que a su vez, nosotros como espectadores, podamos imaginar y crear la historia que se esconde detrás del objetivo.

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La biblioteca.

Me perdí en la biblioteca de los recuerdos.

Pasillos llenos de cintas en blanco, volúmenes escritos y discos rallados que parecían no tener fin. Cuanto más me adentraba menos perdida me sentía; al fin y al cabo, pensé, llevo viniendo a esta biblioteca desde que tenía uso de razón. Sabía que en la planta calle estaba la biblioteca para adultos con su punto de información desde el que se puede observar la biblioteca infantil de la planta de abajo y que conecta con el depósito del piso inferior. La primera planta era la zona reservada para el estudio y la hemeroteca; la segunda era el reino de la música y de la informática; y en la última se ubicaba el Registro de Propiedad Intelectual y la Dirección de la biblioteca.

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Una oportunidad a la vuelta de la esquina.

Murcia, ciudad joven por sus dos campus universitarios, ha sido para mí una vía de escape a la ignorancia y, con ello, una invitación a seguir progresando, aprendiendo, viviendo la vida del estudiante que me dejé en bachillerato aparcada por vacaciones. Llegué casi sin esperarlo y decidí aprovechar desde el primer día esa libertad condicionada a sacarme mis estudios.

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Barcelona.

Los veranos en Barcelona siempre eran especiales. Cada año descubría una Barcelona distinta y una nueva sonrisa con la que pasear.

El primer verano se perdió de la mano de Carles por el Parque Güell, conoció la noche de la sala Razzmatazz con Pau y contempló la ciudad desde la altura del Tibidabo con Albert. El segundo amaneció en la Barceloneta con Guillem, paseó por el Barri Gòtic con Roger y buscó con Joan el silencio de Santa María del Mar. Al verano siguiente conquistó Montjuic con Manel, fotografió el Arc de Triomf con Lluís y buceó entre las salas del Aquarium con Xavi. El último verano se enamoró de Sergi en la estrecha calle dels Petons. Y este año se (re)encontró con Albert y su mirada en la Noche de San Juan.

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El mecánico del corazón.

Hace mucho tiempo que el verano no llega a Ciudad Corazón. Están sumidos en el invierno más frío y persistente que jamás habían conocido: el del corazón.

Muchos de sus habitantes ya nacieron con el corazón congelado, pero en cambio, a otros se les fue helando poco a poco. Fue un proceso lento y suave como el viento cálido y luminosos que una mañana se va templando hasta convertirse en niebla y oscuridad. Los habitantes de Ciudad Corazón no se dieron cuenta hasta que sus ríos se convirtieron en hielo, las casas se cerraron y las calles quedaron desiertas.

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