Guantes negros.

Una mujer entra a su apartamento, es de noche. Lleva guantes negros.

Vacía su bolso encima del escritorio y caen dos monedas de diez centavos y una de cinco. Recoge las de diez y las coloca de vuelta en su monedero mientras pone la de cinco debajo de una botella de whisky.

Se dirige a la cocina donde hay una caja de cerillas con tan solo una adentro. Arroja los guantes a la chimenea y la enciende.

En ese preciso instante suena el teléfono. Contesta y dice: “Nunca en mi vida tuve un par de guantes negros”.

Y se marcha.

-Fragmento extraído de The Last Tycoon.

Espejo.

Corría con desesperación por las estrechas calles de la ciudad. El frío y la cerrada noche no auguraban nada bueno pues el tiempo se le acababa, pero también eran su mejor aliado para pasar desapercibida.

Frenó de su alocada carrera en el portal más oscuro que encontró. No sabía cuanto tiempo llevaba corriendo pero no podía permitir que sus piernas flaquearan ahora; necesitaba todas sus fuerzas para continuar. Menos mal que hacía dos meses que había decidido ponerse en forma, bueno ella no lo había decidido, a decir verdad, odiaba el gimnasio, pero ahora podría ser su salvación.

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Barcelona.

Los veranos en Barcelona siempre eran especiales. Cada año descubría una Barcelona distinta y una nueva sonrisa con la que pasear.

El primer verano se perdió en el Parque Güell con Carles, conoció la noche en la sala Razzmatazz con Pau y contempló la ciudad desde la altura del Tibidabo con Albert. El segundo amaneció en la Barceloneta con Guillem, paseó por el Barri Gòtic con Roger y buscó el silencio de Santa María del Mar con Joan. Al verano siguiente conquistó Montjuic con Manel, fotografió el Arc de Triomf con Lluís y buceó entre las salas del Aquarium con Xavi. El último verano se enamoró de Sergi en la estrecha calle dels Petons. Y este año se (re)encontró con Albert y su mirada en la Noche de San Juan.

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Puntos de vista.

Una de las cosas que más me maravillan de la fotografía son los múltiples puntos de vista desde los que se puede interpretar una escena. El autor selecciona tan solo uno de ellos y nos lo muestra para que a su vez, nosotros como espectadores, podamos imaginar y crear la historia que se esconde detrás del objetivo.

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Arriba y abajo.

Esta es una de las muchas historias que no necesitan un final para ser perfectas, que empiezan en un día normal y acaban siendo fuente de inspiración para un escritor.

Como cada día bajaba las escaleras de mi edificio para ir a clase. Siempre con las mismas prisas, poniéndome la cazadora y haciendo malabarismos para que el bolso, el ordenador y las carpetas no se me cayeran al suelo.

Y así fue como entre escaleras, malabares y prisas me tropecé encontré con él.

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Cafetería I / Coffe Shop I.

Se acercó a sus labios el cigarrillo e inspiró. Estaba sentada en la terraza de una pintoresca cafetería; de mirada inquieta con una gabardina beige, su gran melena ondulada cobriza y el intenso color de sus uñas y labios rojos hacían que todas las miradas se dirigieran hacia ella. Nerviosa apagó el cigarrillo y encendió uno nuevo con la esperanza de que fuera el último; la espera se le estaba haciendo eterna.

Echó una calada al aire, suspiró y le vio. Sonriente se acercaba un hombre maduro, de su misma edad, con unos pantalones de pinzas y una gabardina también beige, a la moda de la época.

Se podría decir que eran viejos conocidos que un día sus vidas se cruzaron para volverse a descruzar y que desde entonces sus caminos deciden separarlos o juntarlos al azar del destino.

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