La novia.

-¿Quieres casarte conmigo?

-Sí.

Una pregunta bastó para que empezara todo. Una nueva vida con la que llevaba soñando desde que tengo memoria. Una vida que se nos había inculcado desde el colegio con fiestas de té, clases de corte y confección, e historias de princesas y dragones.

Recuerdo cómo al terminar la escuela por la tarde nos reuníamos las cinco de siempre a tomar café y a imaginar cómo sería nuestra vida a partir de ese momento, de esa pregunta. Ahora me doy cuenta de que eran cafés vacíos, conversaciones muertas e ilusiones inventadas, pero en ese momento todo nos parecía perfecto.

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Dualidad.

En mitad de la partida echó una moneda al aire.

Cara vida, cruz muerte.

La moneda giró y cayó de lado.

Abandonaron la jugada comprendiendo que la vida necesita muerte y la muerte vida para existir.

-Ara.

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El mundo volvió a girar de nuevo.

Aquél fue un verano fantástico y eso que los días pasaron tan deprisa que se quedó corto para tantos planes como tenía. Tenía planes… pero no te tenía a ti, aún no te había conocido. Pero surgió de pronto la oportunidad de conocernos, el encuentro en aquella fiesta junto a la playa a la luz de la luna. Después, la luz del sol nos descubrió que todo cuanto habíamos soñado la noche anterior era más hermoso aún, y tus ojos desprendían una luz que me dejaba pegado a ti como una polilla junto a un farol nocturno.

A medida que nos fuimos conociendo descubrimos que la atracción inicial que sentimos se hacía más fuerte cada día. Pero llegó el final y debimos separarnos. ¡Qué tristeza aquella tarde!… Te acompañé a la pequeña estación de ferrocarril del pueblo y miramos nuestros ojos en silencio. Tenías que subir al tren y tu mano soltó la mía. Las luces de la estación brillaban ahora más en tus ojos y te ofrecí mi pañuelo con la inicial de mi nombre trabada en azul en un extremo. Lo tomaste con cuidado y subiste con él al vagón, y ya dentro, desde la ventanilla, me diste el último adiós y me enviaste tu último beso.

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Your name (tu nombre).

Miró los billetes de tren que tenía en su mano. Apenas faltaban cinco minutos para llegar a su destino. Se reclinó en el asiento mientras guardaba los papeles. Nunca pensó que ese premio le iba a tocar a ella, ni siquiera se había presentado al concurso. Había permanecido volcada en el trabajo hasta que de repente sus jefes la nombraron ganadora. Enseguida supo quién había sido el culpable de semejante triquiñuela; David y juró que se lo haría pagar, pero no ahora. Ahora iba a disfrutar de unos merecidos días de descanso en un hotel de esos con encanto perdido en la costa de Cantabria. Si, se relajaría y se olvidaría de todo.

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La despensa.

Cuando fue a comprar el piso en el que ahora vivía, una de las primeras cosas que más le llamaron la atención fue la gran despensa que comunicaba la terraza con la cocina.

-Era perfecta -pensó. Y sin apenas mirar el resto del inmueble cerró el trato.

Desde pequeña le fascinaban esos cuartuchos donde la gente guardaba cientos de botes, cajas, botellas… y secretos. Pero su verdadera afición hacia las despensas nació hace un par de meses atrás.

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Guantes negros.

Una mujer entra a su apartamento, es de noche. Lleva guantes negros.

Vacía su bolso encima del escritorio y caen dos monedas de diez centavos y una de cinco. Recoge las de diez y las coloca de vuelta en su monedero mientras pone la de cinco debajo de una botella de whisky.

Se dirige a la cocina donde hay una caja de cerillas con tan solo una adentro. Arroja los guantes a la chimenea y la enciende.

En ese preciso instante suena el teléfono. Contesta y dice: “Nunca en mi vida tuve un par de guantes negros”.

Y se marcha.

-Fragmento extraído de The Last Tycoon.

Espejo.

Corría con desesperación por las estrechas calles de la ciudad. El frío y la cerrada noche no auguraban nada bueno pues el tiempo se le acababa, pero también eran su mejor aliado para pasar desapercibida.

Frenó de su alocada carrera en el portal más oscuro que encontró. No sabía cuanto tiempo llevaba corriendo pero no podía permitir que sus piernas flaquearan ahora; necesitaba todas sus fuerzas para continuar. Menos mal que hacía dos meses que había decidido ponerse en forma, bueno ella no lo había decidido, a decir verdad, odiaba el gimnasio, pero ahora podría ser su salvación.

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