Querido Agosto.

Querido verano: llegaste, viste y venciste.

Llegaste lleno de promesas, viste innumerables puestas de sol y venciste todas las expectativas. Porque cuando se esta de vacaciones todo parece es más bonito. El sol brilla con mayor intensidad, la comida sabe mejor y las horas en buena compañía se te escapan como arena entre los dedos. Y aunque intentas guardar, recolectar y capturar todos esos momentos en un frasco de cristal, en una fotografía o en un beso bajo el agua, septiembre siempre se adelanta.

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Querido Julio.

Querido Julio:

Dicen que la primavera la sangre altera pero eso es porque no te conocen.

Un mes que en su inicio se presentaba monótono y aburrido se transformó en un déjà vu por tu (vuestras) presencia(s), las de mis dos meses de abril favoritos.

Me has hecho retroceder en el tiempo y revivir aquel julio de hace tantos años, volver a vicios del pasado y repetirlos de forma inconsciente; aunque esta vez decidí que la historia tendría otro narrador.

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Barcelona.

Los veranos en Barcelona siempre eran especiales. Cada año descubría una Barcelona distinta y una nueva sonrisa con la que pasear.

El primer verano se perdió en el Parque Güell con Carles, conoció la noche en la sala Razzmatazz con Pau y contempló la ciudad desde la altura del Tibidabo con Albert. El segundo amaneció en la Barceloneta con Guillem, paseó por el Barri Gòtic con Roger y buscó el silencio de Santa María del Mar con Joan. Al verano siguiente conquistó Montjuic con Manel, fotografió el Arc de Triomf con Lluís y buceó entre las salas del Aquarium con Xavi. El último verano se enamoró de Sergi en la estrecha calle dels Petons. Y este año se (re)encontró con Albert y su mirada en la Noche de San Juan.

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